viernes, 13 de septiembre de 2013

Hablando en plata

A estas alturas de la película, a nadie se le escapa que la profesión de arquitecto en España está cambiando. La dureza de la crisis en el sector, acompañada de su persistencia en el tiempo invita a pensar en nuevas fórmulas para ejercer la profesión, abrir debates sinceros y repensar un modelo laboral desequilibrado e injusto que brindaba oportunidades a unos pocos, a costa de negárselas a otros muchos. El cambio de modelo parece ya un hecho imparable: la liberalización del sector de la arquitectura ha empujado a los profesionales hacia una espiral descendente donde sus honorarios caen por abismo sin fondo, y donde el más listo es el que menos come; hecho que unido a la enorme competencia, causada por la saturación de profesionales y la escasez de trabajos, empuja hacia la precariedad a un sector otrora boyante.

Si bien, todo lo mencionado resulta una obviedad para cualquier arquitecto que intente sobrevivir en estos tiempos difíciles, parece que el asunto económico sigue siendo una especie de tabú en el que en general, no nos gusta meternos, evitando siempre entrar en cifras concretas o en debates abiertos en este campo, pensando -quizás- que esto sería una charla de pobretones y desgraciados sin clase, muy lejos del nivel de un ARQUITECTO.

Y es que cuando uno visita (y lo hago con frecuencia) una de esas numerosas charlas informativas organizadas por el colegio de arquitectos para tratar temas de actualidad, nuevas oportunidades de negocio, o cambios en la legislación con posibles efectos estimulantes, no puede dejar de pensar en que muchos de mis compañeros (que dicho sea de paso, normalmente podrían ser mis padres) están imaginando su oportunidad para volver a encender los motores de sus apolillados estudios a través de una catarsis purificadora con origen en Decreto Ley, sin pensar en este cambio de modelo tan proclamado por los ángeles cantores, ni sentir especial interés por evolucionar a nuevas formas profesionales.

No quiero decir que este cambio de modelo excluya a nadie, ni que sea un recorrido imposible para arquitectos veteranos, pero cuestiono profundamente la voluntad de cambio de compañeros muy acostumbrados a un modelo que les dio éxito y dinero a partes iguales, y al que no tienen ningún motivo para renunciar en favor de una distribución laboral más justa, a no ser que no les quede otro remedio. Y es aquí -señores- donde hay que empezar a hablar en plata. Si tratamos el asunto con un enfoque netamente económico, encontramos que existen dos grandes grupos de arquitectos: los que tienen ahorros y los que no.

Normalmente los primeros son profesionales con bastantes años de profesión a sus espaldas, que han vivido los buenos tiempos y han sabido aprovecharlos. Sin embargo, pese a ser empresas altamente rentables en los tiempos de bonanza, mayoritariamente se han mostrado demasiado débiles a la hora de adaptarse a las nuevas circunstancias -y no es que quiera negar aquí la dureza de la crisis y el tremendo golpe que esto supuso para el sector- pero sí poner en evidencia que muchos de estos estudios carecían de perspectivas a más de dos años vista, confiando en un mantenimiento indefinido de su carga de trabajo, y sin mostrar voluntad alguna por explorar vías alternativas u otros campos de trabajo mientras la gallina siguiera poniendo huevos de oro.

Otros, fueron lo suficientemente inteligentes como para entender lo que se les venía encima, motivo por el cual se cuidaron muy mucho de crear un tejido laboral estable en torno a sus estudios, empujando a sus empleados hacia la precariedad bien pagada (al principio), no tan bien pagada (después) y no-pagada (ahora), convirtiendo sus estudios en una especie de centros de producción arquitectónica low cost donde todo el ajuste competitivo recae en el empleado, generando un desequilibrio en el sistema al competir desde la ilegalidad con otros compañeros que aún no han mudado sus estudios al nuevo régimen de república bananera adicta al software pirata.

Para terminar con este grupo de arquitectos aún pudientes, cabe destacar ésas pocas empresas que sí supieron adaptarse a tiempo, bien fuera atacando otros sectores, bien internacionalizando su actividad, o simplemente teniendo mucha suerte.

Vamos ahora con los pobretones. Vamos ahora con ese grupo (que yo consideraría mucho más numeroso) de arquitectos que no tienen un duro y que por ende se encuentran en una situación mucho más complicada. Podremos encontrar aquí un gran número de arquitectos arruinados. Muchos son profesionales que intentaron subirse a la cresta de la ola, pero el parón del sector les pilló con los pantalones bajados intentando depositar en el medio de la estepa (literalmente). Ahora encuentran gran dificultad para afrontar los pagos de sus cuotas de ASEMAS, pagar el colegio de sus hijos y terminar de pagar la hipoteca de su casa. Otros, simplemente trabajaban en estudios que quebraron y se vieron en la calle, normalmente sin ningún tipo de subsidio.
Finalmente encontramos a aquellos que nunca trabajaron o que apenas lo hicieron. Son carne de emigración y su única oportunidad consiste en haber aprendido un tercer idioma además del inglés, que les abra las puertas de un mercado laboral que aún no esté saturado por arquitectos españoles.

***

Por todo lo expuesto en los párrafos anteriores, se me ocurre que no todos los arquitectos somos iguales. Se me ocurre que hay dos ligas bien claras y se me ocurre que los organismos que deberían defender los intereses de todos los arquitectos, están en realidad buscando una salida para unos pocos, que casualmente suelen ser los mismos que forman las camarillas sectarias que los dirigen.

Me gustaría creer que gracias al miedo que proyecta la LSCP y a la lucha que vamos a tener que librar para no ver empeorar (aún más) nuestro sector, conseguiremos cierta unidad y fraternidad entre arquitectos; pero atendiendo a los desequilibrios que existen entre nosotros, parece más probable que todo reviente antes de fecundar y continuemos descendiendo en espiral por la taza del wáter hasta conseguir agarrarnos a cualquier resto que aparezca a nuestro paso.

Creo firmemente que para formar un frente común desde la arquitectura, primero habría que tomarse en serio las desigualdades internas de la profesión, para evitar que ningún arquitecto se vea arrastrado en un futuro a vivir en la precariedad, para garantizar un salario mínimo que se cumpla, para crear un marco legal que se adapte a la realidad de la profesión, pero también a la legalidad vigente y a los derechos básicos del trabajador. Y creo que si esta unidad no se consigue, el futuro de la arquitectura en España está abocado a ser un "sálvese quien pueda" mezclado con un "tonto el último", donde dependiendo de tu suerte y tus contactos podrás vivir, o no, de esta profesión que muchos consideran la segunda más antigua del mundo, y que visto lo visto, ciertamente comparte demasiadas cosas con la primera.

@Mr_Lombao


martes, 9 de julio de 2013

De Bolonia a la LSP

Hace pocos años (y cuando digo pocos, me refiero a menos de seis), un servidor todavía andaba los pasillos de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, rematando los últimos flecos que aún colgaban en mi expediente y sucedió que, al igual que sucede ahora, una negra sombra se cernía sobre nuestra profesión. Contrariamente a lo que muchos estaréis pensando, no estoy hablando de famoso crack del ladrillo. Estoy hablando, en realidad, del llamado “plan Bolonia”.

Según este modelo, todas las titulaciones universitarias españolas, tendrían que converger hacia un nuevo estándar donde se eliminaban diplomaturas, licenciaturas, ingenierías, arquitecturas y toda la gran variedad de títulos españoles para sustituirlos por las nuevas categorías de grado y máster. Como siempre sucede con todo lo que viene de arriba, casi nadie se tomó un segundo en leer el famoso plan, y lo que se planteaba como una ambiciosa transición en favor de la transversalidad en la universidad y la convergencia universitaria europea, fue entendida como lo que finalmente fue: un cambio de nombre y poco más. No sin antes airear los complejos, miedos y ambiciones de cada título universitario que, unas veces por medrar y otras veces por no perder, escenificaron un curioso teatrillo del que fui espectador privilegiado.

Vaya por delante, que la transversalidad y la posibilidad de saltar de una titulación a otra me parece no sólo una buena idea, sino una necesidad dentro de un sistema universitario hermético como pocos y donde se producen paradojas tan extrañas como que el álgebra de primero sea, aparentemente, distinta entre titulaciones cercanas, lo que dificulta en extremo que un alumno pueda reorientar su vocación o convalidar materias que ya ha cursado en universidades distintas. Soy contrario a este sistema con el que a los 18 años un chaval debe ser lo suficientemente maduro y consecuente como para tomar una decisión que posiblemente le condicionará el resto de su vida, sin posibilidad de cambiar de rumbo en la universidad a no ser que esté dispuesto a volver a empezar prácticamente desde cero.

Esta transversalidad, bien entendida, permitiría la creación de perfiles especializados muy interesantes para el desarrollo de un país, para la mejora de la competitividad y para la creación de empresas especializadas en nuevos campos de la industria y los servicios. No se trata de regalar nada a nadie, ni de igualar titulaciones distintas para “ahorrar” horas de estudio, pero sí existen fórmulas que funcionan como son los cursos puente, o como podría ser un buen sistema de convalidaciones que permita el cambio de rumbo, sin tener que aventurarse a un proceso de meses o años viviendo en la incertidumbre por la decisión de una oscura comisión de convalidaciones. Sin embargo, en España se optó por mantener esa universidad parcial y estanca, donde a un arquitecto y a un ingeniero les separa no sólo una autovía de ocho carriles, sino también 6 años de formación específica imposible de convalidar.
Así cuando un ingeniero de caminos experto en grandes estructuras decida estudiar arquitectura para adquirir los conocimientos que le faltan y acceder a la habilitación profesional del arquitecto, tendrá que enfrentarse a un proceso de convalidación injusto e implacable, donde una coma de más o de menos en un temario, marcará la diferencia entre lo razonable y lo desproporcionado, obligando a estudiar cosas que ya se conocen o que por su cercanía podrían pasarse por alto.

Esta lucha desde las universidades por mantener los privilegios gremiales dentro del nuevo orden de Bolonia terminó bien para todos y aunque los arquitectos vivimos el susto de quedarnos casi en nada, fuimos capaces de pelear in extremis para no quedarnos en graduados en lo que, y a la vista de los acontecimientos recientes, habría sido un gran favor para los colectivos ingenieriles que intentan pescar en las aguas de la arquitectura. Y digo que fuimos capaces, porque yo reivindiqué nuestra categoría de máster como arquitectos, consciente de que defendía mi futuro, pero a la vez ayudaba a la vieja guardia a mantener sus privilegios tal cual, cosa que en realidad, no me hacía (ni me hace) ninguna gracia. Y señalo este punto porque casi siempre que se produce una situación de cambio, de alguna manera los grandes poderosos del sector son capaces de generar una tendencia favorable a sus intereses.

Con Bolonia podríamos habernos sentado con los ingenieros y hablar plácidamente de los puntos en común, de la transversalidad, de la forma de adquirir atribuciones profesionales… pero por aquel entonces, nadie quiso dar de lo suyo para recibir del otro algo. Todos negaron  y dieron la espalda a la posibilidad de cambio para preservar sus privilegios intactos. Tanto arquitectos como ingenieros de toda clase.
Ahora, pocos años después del fin de Bolonia, y tras una crisis que ya parece eterna, vuelven las ganas de cambio al panorama profesional español. Esta vez, aprovechando las “exigencias europeas” que alguno pareció leer en diagonal, intentan crear un buffet libre con café para todos y atribuciones profesionales otorgadas a posteriori, sin mediar estudios ni formación específica más allá de un vago “quien sepa correr que corra” para ponernos como locos a competir en un mundo ultraliberalizado entre arquitectos e ingenieros. Y uno se plantea: ¿por qué no hablamos francamente de formación? ¿por qué no intentamos buscar la manera de adaptarla para que exista ésa famosa transversalidad? ¿por qué no buscamos fórmulas docentes que nos permitan a todos ganar atribuciones y nuevos horizontes profesionales?

Es entonces cuando vuelve a mi memoria el proceso de Bolonia y pienso que no. Que ya quedó claro que todos contentos con el hermetismo y con las no-convalidaciones. Que lo mejor para todos es seguir siendo lo mismo siempre, con mis privilegios y mis limitaciones.
Pues bien. Esto es lo que hay, señores: las casas las hacen los arquitectos.

@Mr_Lombao

viernes, 7 de junio de 2013

La madre del arquitecto

Se ha hablado ya demasiado acerca de los sueños rotos de una generación de jóvenes bien formados. Se ha hablado demasiado de la decepción, del paro y del hastío de intentar avanzar contracorriente en un mundo que parece empecinado en retroceder. Se ha hablado demasiado del drama de la emigración, de esa generación perdida, de esos jóvenes que no tendrán hijos en España y que llevarán los nombres de Pepe y Paco hasta la Conchinchina y más allá para sorpresa de muchos, que aún piensan que la emigración es una broma, una especie de Erasmus 2.0.

Sin embargo, ensimismados como estamos en nosotros mismos y en nuestros problemas, hemos estado olvidando durante demasiado tiempo algo importante. Hemos estado olvidando a nuestras madres. Hemos dejado pasar el drama materno porque al fin y al cabo, es algo secundario. Ellas, ya veteranas, enfilando su jubilación o ya jubiladas son espectadoras de este drama. Son actrices de reparto destinadas a mirar, lamentar y pasar un pellizquín de vez en cuando para que sus hijos puedan seguir viviendo como si no hubiera pasado nada. Porque no nos engañemos: puede que los jóvenes estemos aún digiriendo la situación, pero nuestras madres, en general, están alucinando y disfrazan de falsa experiencia una fría pose que va desde la preocupación hasta la confianza sabiendo siempre, en el fondo de su corazón, que las cosas pintan feas. Muy feas.

Puede que sea mi espíritu de psicólogo frustrado, o puede que sea herencia de los libros de autoayuda que leí para superar primero de carrera, pero cuando pienso en nuestras madres, a menudo encuentro el mismo perfil: se trata de mujeres luchadoras, madres trabajadoras casi siempre, que han sabido inculcar en sus hijos la moral del trabajo y del esfuerzo como vía segura para alcanzar el éxito. Son madres con fortaleza capaces de empujar a sus hijos frente al desencanto, frente a los problemas y frente a la flaqueza de sus retoños, conscientes de que el futuro es sólo para los mejores. Conscientes de que el esfuerzo siempre tiene recompensa y confiadas en el camino que la sociedad brinda a los que sepan sobrellevar la carga y asumir la responsabilidad de pelear por superarse día a día.

Apuesto que ese discurso se ha oído de boca de nuestras madres de una u otra manera. Se trata de un discurso totalmente interiorizado y perfectamente trasladado por la sociedad, a través de nuestras madres, hasta nosotros: receptores finales del mensaje y futuros arquitectos bien avenidos. Se trata de un discurso que por potente y verosímil no pudo ser fingido en modo alguno, ni tampoco interpretado como cantinela motivadora sin más. No pudo ser una patraña. Nuestras madres no pudieron engañarnos así.

Llegados a este punto, lo que pienso es que nosotros, durante nuestra formación y desarrollo recibimos un mensaje equivocado. Un mensaje que nos invitaba a confiar plenamente en el sistema y en la “sociedad del bienestar”, porque los grandes logros ya los habían conseguido otros. Porque la lucha y las batallas ya se habían librado y nosotros estábamos aquí, en última instancia para disfrutar de “ese mundo”. Para vivir despreocupados de todo lo que no fuera trabajar y esforzarse para llegar a ser algo.

Sin embargo, y a la vista de los acontecimientos, ese mensaje no era una realidad. Se trataba más bien de un deseo colectivo alimentado por las ilusiones de una generación (la de nuestros padres) que sentía el progreso en sus propias vidas. Una generación satisfecha con lo que se había alcanzado y confiada en la tendencia alcista del nivel de vida. Una generación que transformó una España humilde y acomplejada en una potencia mundial capaz de chocar las cinco a los americanos en las Azores y pelear por su silla en el G-8.

Por eso me he sentado esta tarde a escribir. Para reconocer el esfuerzo y la buena voluntad de nuestras madres, pero también para decirles que estaban equivocadas. No disfrutaremos de “ese mundo” gratis. No nos regalarán los privilegios que creísteis asegurados. No vendrán señores con corbata a ofrecernos 45.000 euros al año, ni nos contratará la vecina para que construyamos su casa. O al menos no de momento.

Tendremos que usar vuestros consejos para llegar más lejos y ser más valientes. Para plantar cara a la injusticia y pelear por nuestros derechos ante quien intente arrebatárnoslos. Tendremos que emplear esa fuerza y esa constancia que nos inculcasteis para mancharnos las manos en el barro y conseguir salir adelante con todas nuestras ganas. Pero no será un regalo. No estará el futuro esperándonos para regalarnos caramelitos. Habrá que pelearlo. Y eso es algo con lo que vosotras no contabais.

@Mr_Lombao

lunes, 13 de mayo de 2013

Somos obreros

Comienzo con esta verdad como un puño, porque es necesario que la repitamos una y mil veces para que salgamos de una vez por todas de esa burbuja de clase. Nunca fuimos mayoritariamente clase media (ese fue uno de los engaños), y un título universitario no es ninguna garantía de ascenso social a clase media-alta.
Basta con leer unas líneas de Marx para darse cuenta de eso: proletario es aquel que carece de propiedades y medios de producción, por lo que, para subsistir, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo. El proletario no determina las condiciones ni los ritmos de su trabajo, no dispone de rentas, el proletario vende su tiempo y su fuerza de trabajo (traduciendo: obedece a su jefe para pagar el alquiler o la hipoteca y sus gastos).
Que las condiciones laborales de los trabajadores hayan sido razonablemente buenas en los últimos años, no implica ningún ascenso de clase. Han usado esas mejoras de las condiciones laborales de los trabajadores para proletarizar a mayor número de personas. En nuestro país nos hemos cargado el pequeño comercio, las pequeñas y medianas explotaciones agrícolas y ganaderas, el artesanato… Y así, prácticamente todos, pasamos a tener un jefe, a cambio de una televisión plana y una hipoteca.

Los profesionales, que antaño sí fueron clase media (en parte porque quien estudiaba tenía rentas, en parte porque sus servicios profesionales se vendían caros al ser muy pocos), en nuestra generación se han proletarizado o, para ser más crudos, se han sub proletarizado.
En los últimos cinco años un arquitecto/ingeniero/técnico joven tenía y tiene peores condiciones laborales que cualquier obrero de fábrica contratado bajo convenio. Es más, el arquitecto/ingeniero/técnico joven ni siquiera tiene conciencia de clase y, por lo tanto, es un sujeto político más débil que el obrero de fábrica.

La crisis nos está poniendo en nuestro lugar: el lugar del vulnerable, el lugar del explotado, el lugar del que no posee las riendas de su vida. Desempleo, emigración, desahucios. Y sin embargo, y he aquí el auténtico milagro español, aún no ha habido un despertar de conciencia de clase.
Seguimos esperando año tras año, en sus predicciones económicas, la aparición de los ansiados brotes verdes que nos sitúen de nuevo en el próspero lugar en el que estábamos. Seguimos creyendo que somos clase media atravesando un mal bache porque nuestro televisor sigue ahí. Seguimos creyendo en la “realización vital” mediante un trabajo asalariado. En el esfuérzate y verás recompensa. Seguimos creyendo que nuestra precarización laboral como profesionales responde sólo a los primeros años de vida profesional y a las circunstancias de la crisis económica, y que esto pasará, que llegará de nuevo la “normalidad” y con ella, la posición social y económica que merecemos…

…pero no. La realidad, compañeros arquitectos precarizados, es ésta: somos obreros.

R.P.Mansilla

lunes, 29 de abril de 2013

El apasionante mundo de la arquitec(ouch!) edificación [#LSP dreams]

Una de las primeras sensaciones que un arquitecto tiene cuando encara su primer encargo profesional, es la de que lo único que el cliente valora de su trabajo es una firma. Un bonito estampado acompañado de un sello que le abre las puertas para hacer lo que realmente quiere: lo que le dé la gana; y donde tu papel pasa por ser ese peñazo aguafiestas que está ahí sólo para decir lo que no se puede hacer, siempre citando normativas absurdas y leyes poco claras.
Otra de las realidades que -hablando con otros compañeros- suele mostrarse en estos primeros encargos, es la del oportunista: personas que se acercan a ti en tu papel de novato, buscando obtener honorarios ridículos, legalizaciones ilegales, y otros encargos imposibles a precios de risa.

También es muy común encontrarte con clientes que no tienen ni idea de en qué consiste tu trabajo, y te confunden frecuentemente con otros profesionales del sector, con un miembro de una constructora, con un representante de la autoridad municipal y hasta con un comercial de telefonía, evidenciando que el papel del arquitecto en la sociedad es cada día más confuso y compite, con demasiada frecuencia, con otros profesionales de procedencia diversa.
Además, los que hemos pasado por la jungla madrileña, conocemos muy bien a esas empresas voraces que se apoderan de encargos a precios ridículos, reduciendo sus márgenes de beneficio al mínimo y sosteniendo su actividad gracias a un flujo continuo de encargos conseguidos a través de un ejército de comerciales más que agresivos, compinchados con administradores adictos a cobrarse piquitos a su costa y aportando siempre lo mínimo de lo mínimo en sus trabajos. Lo justo para pasar el trámite y cobrar.

Todo esto al margen de los cientos de miles de casos donde el cliente, directamente hace de su capa un sayo y ejecuta una reforma sin licencia, amplía una planta a su chalet sin proyecto alguno, o directamente edifica en terreno no urbanizable ante la atenta mirada de las autoridades municipales, que verbalmente y sin mucho disimulo, le han dicho que haga lo que le dé la gana, pero que por favor, recuerde votarles en las próximas elecciones.

Otra cosa muy divertida, son "esos extras" con los que los arquitectos cargamos a la hora de ejercer nuestra profesión. Hablo de cosas mucho menos divertidas que presentarse a concursos internacionales con dudosa finalidad social, ejecución aún más dudosa y nombre de pan europeo. Se trata de esos seguros con cláusulas ininteligibles, cuotas fijas, cuotas variables, primas, cuñados y abuelas. Esas colegiaciones que sientes en tu espalda cual acero toledano desgarrando tus entrañas, y esas cuotas de la seguridad social (o en su caso de la hermandad siniestra) que colaboran con entusiasmo en tu desangrado en estos tiempos de crisis. Todo ello aderezado con esa hermosa palabra llamada "responsabilidad" a la que si le añadimos el término "civil", nos transforma de inmediato en imbéciles autocanibalizadores de nosotros mismos, cuando cobramos proyectos de ejecución de chalé a 3000€ IVA incluido (verídico a tope).

Y es que, amigos, ser arquitecto ya no es lo que era. Bueno… o lo que nos contaron que era. Ya casi no se ven arquitectos con pipa, ni se sublima su palabra como máxima ley. Ya no se dibuja con tiralíneas, ni rascamos con cuchillas, ni contratamos delineantes, ni usamos papel de copia para envolver la carne. Ser arquitecto ya no mola tanto. Y sobre todo, en un mercado roto, hundido y sin encargos, cobramos poco. Bastante poco.

Por eso, llegados a este punto, te preguntas: ¿de verdad habrá algún ingeniero que esté dispuesto a pelear en esta guerra?, ¿de verdad habrá alguien dispuesto a mancharse en el barro por tres pesetas?, ¿de verdad, una persona en su sano juicio estaría dispuesta a pasar por lo que estamos pasando ahora mismo los arquitectos, para entrar a competir en un mercado donde no sólo estarán en inferioridad a nivel de formación, sino también de honorarios?

Es entonces cuando uno se rasca la cabeza y piensa que no. Que las cosas no se van a quedar así. Que el campo de batalla está lleno de muertos y es pestilente. Que después de la LSP, vendrán más cosas que tendrán que ayudar a algunos a entrar en esta batalla sin tantas trabas, sin tantas cuotas, sin tantos seguros y sin tanto lío. El futuro puede ser maravilloso si se prepara bien el terreno. Después de la tormenta, llegará la calma y esos 50.000 arquitectos trabajando desde sus estudios son un estorbo muy grande. Fragmentan el mercado y se hacen competencia unos a otros...

Algo más habrá que tocar, Mariano. Algo más.

@Mr_Lombao


miércoles, 20 de marzo de 2013

Contribuciones y derramas

Todos sabemos que hay crisis. Desde este blog vemos como nuestros mejores amigos emigran para buscar trabajo allende los Pirineos y el Atlántico, y sabemos que buena parte de la culpa la tiene este país avaricioso que pensó que construyendo un millón de viviendas al año se podría vivir indefinidamente a base de las compraventas consecutivas y sus beneficios apoyados en la tendencia (siempre) alcista de su precio.

Eso se fue al garete por razones que no vienen al caso y aquí estamos, en el Españistán postladrillero.

Rodeados de edificios semivacíos pero empapelados con certificados, garantías, seguros decenales, libros del edificio, inscripciones del registro, facturas de tasas y de honorarios. Los últimos, hasta con certificados de eficiencia energética.
Estas tartas tan bien decoradas se guardarán en la nevera registral y pasarán los años. Uno, tres, diez,... y treinta. Si no les pasa nunca nada, llegarán las revisiones y cada diez años el patólogo edificatorio con la titulación-que-prescriba-la-normativa-vigente se dará un paseo por la acera, el portal, la escalera, el sótano, el camarín del ascensor por dentro y los pisos que le dejen visitar y opinará doctamente sobre su estado y los dientes que les falten, hasta que sobrevenga la ruina en el año 3000.

O no.

Porque el Gobierno, en su ansia por reinflar la burbuja ladrillera y salvar el culo de los agentes edificatorios vampíricos en preconcurso de acreedores que quedan, ha creído conveniente extender el deber de conservar más allá de lo que Alonso Martínez pudo imaginar en su más alocada y opiácea reunión de desarrollo del Código Civil.
Nuestro querido Gobierno pretende aprobar una ley que, transformando la ITE en un Informe de Evaluación de Edificios, cuya redacción está prevista por técnicos y por unas inquietantes entidades, obligue a reformar los bloques de edificios existentes para adaptarlos a la legislación vigente en materia de accesibilidad, mediante actuaciones razonables que deberán sufragar los propietarios... y los arrendatarios de los inmuebles.
La Ley, indulgente y magnánima, limita este extraño deber de conservar a que el coste de las obras sea superior a la mitad del coste de reposición (abriendo la puerta al derribo del inmueble) o a que los propietarios no puedan pagar la reforma sin especificar cantidades en este caso, no vaya a ser que llaneando el umbral del portal nos crucemos con el de la pobreza.
Ni qué decir tiene que en la definición de infravivienda entran de canto todos los cascos históricos, los primeros ensanches y los barrios obreros levantados por la Administración por la vía del incumplimiento de las condiciones de seguridad y habitabilidad exigibles a la edificación. Lo que implica, de facto, aplicar retroactivamente el CTE, acto negado en la exposición de motivos, no previsto en el propio CTE y, como todo lo retroactivo que perjudica al ciudadano, repetidamente declarado inconstitucional (pero muy rentable mientras dura la fiesta).

La Ley permite a los ayuntamientos declarar sectores como áreas susceptibles de Regeneración Urbana, para obligar a los propietarios a reformar sus bloques de golpe con la contrata que salga de un concurso público -imparcial, por supuesto- después de redactar a su cargo el instrumento de ordenación y gestión urbanística que en su caso fuese preciso. El precio de la reforma deberá sufragarse por las comunidades de propietarios, aunque el ayuntamiento podrá aumentar la edificabilidad del sector para entregársela a la promotora como pago sin que medie la entrega de plusvalías, con la excusa de que se van a generar muy pocas.

El anteproyecto de ley puede consultarse aquí.

No está de más recordar que el Gobierno de España no puede legislar sobre materia urbanística. Es competencia exclusiva de las Comunidades Autónomas. Puede ser que los chicos de Rajoy tengan ganas de revivir el cabaret urbanístico de 1997 o de provocárselo al que gobierne en 2017, en plan conmemorativo.
Pero lo que clama al cielo es que en un contexto de empobrecimiento generalizado de la población se pretenda obligar a la gente que posee viviendas que en su día fueron de renta limitada, y que ya no tienen deudas con nadie, a meterse en unas obras por las que seguramente deban endeudarse y que sólo interesan a ellos mismos. ¡Claro que les preocupa que su bloque no tenga ascensor! ¡Y que la casa pierda calor por todos los lados y se lo cobre la eléctrica a precio de oro todos los meses! Y si pueden, hacen las obras para arreglarlo. De hecho, muchos ayuntamientos vienen declarando desde hace años Áreas de Rehabilitación Integral, o aprobando Planes Especiales de Reforma Interior para mejorar los edificios con cargo a sus fondos, pero siempre desde un plano opcional y consensuado y teniendo muy en cuenta que no se le puede exigir a los propietarios unas condiciones no de conservación sino de tipología edificatoria salvo en caso de rehabilitación integral o ampliación, y únicamente hasta donde sea posible cumplirlas.

Sin embargo, esta Ley se puede convertir en el instrumento ideal para la declaración de ruina anticipada, el desalojo y el derribo de barrios enteros, con el correspondiente coste social (que a nadie importa), y la sustitución de los inmuebles por otros de igual renta, o si la cosa se ve interesante, por otros de renta superior. Y la gente que se fue, o paga un diferencial, o se queda a vivir en el piso de realojo situado en la cochinchina que le han dado, junto con una medalla por sus cincuenta años de fidelidad al Régimen de Propiedad Horizontal y a su Contribución Urbana.
Y puede que nuestros amigos exiliados vuelvan al calor del solar patrio, a cobrar los jugosos honorarios que se derivarán de estas intervenciones paternalistas y muy justificadas, y que resuciten Martinsa-Fadesa y Reyal Urbis y que Florentino Pérez construya cuatro torres más en Eurovegas, coronando los Juegos Olimpiquísimos de Madrid 2020. Puede incluso que tenga que huir de mi casa para evitar que una derrama gigantuosa me obligue a hipotecarme para vivir de alquiler. Pero cuando el país se harte del todo y liquide las injusticias sociales como Dios le dé a entender, no me dará ninguna pena lo que suceda.

Laruedaalada.

jueves, 7 de marzo de 2013

Pregúntale a Alfredo

Todo arquitecto que haya pasado por la ETSAM conoce a Alfredo. Puede que no recuerde su nombre o puede que nunca lo haya sabido, pero si le habláramos de un señor calvo y robusto que camina con un andar pesado y decidido por los pasillos de la escuela, seguramente sabría de quién se está hablando. Alfredo es una institución dentro de la escuela. Desde el alumno más novato al profesor más veterano saben que para conseguir cualquier cosa deben recurrir a él. Oficialmente pertenece a la unidad de coordinación de servicios y sus años de trabajo le han sembrado el forro polar de galones, por lo que cuando se pregunta a quién recurrir para organizar cualquier tinglado, la respuesta siempre es la misma: “pregúntale a Alfredo”

Mi relación con Alfredo nace de un modo casual en los pasillos de la ETSAM. Como para otros tantos, mis años de estudiante fueron largos y mi habilidad para perder el tiempo en la escuela fue reconocida por Alfredo, que con el correr de los años empezó a devolverme el saludo e incluso a entablar conversaciones esporádicamente acerca de temas de candente actualidad etsámica. Dado que Alfredo estaba ahí mucho antes que cualquier estudiante, sus opiniones siempre merecieron el mayor de mis respetos, pues había vivido varias veces situaciones similares. Me refiero a cambios en el plan de estudios, rencillas en los departamentos, protestas estudiantiles, huelgas y reivindicaciones diversas.

Por eso, cuando el martes pasado conseguí aparcar en la Avenida Juan de Herrera y vi a Alfredo oteando entre los coches, esperando a alguien, no pude evitar preguntarle por la difícil situación que vive la escuela. Para aquellos que no lo sepan, la UPM, asfixiada por la falta de financiación, pretende  la amortización de 301 plazas de personal funcionario y laboral de administración y servicios, además de importantísimas rebajas salariales, como la que afectará a los profesores asociados.
La respuesta de Alfredo fue rápida y clara. Su semblante, normalmente optimista y campechano, era esta vez preocupado y triste. “Se veía venir” dijo, para añadir después: “pero no tan rápido”.

Más claro agua. Si me permito el lujo de comentar esta opinión públicamente, es porque me parece que refleja perfectamente la estupefacción que vivimos. La sorpresa ante situaciones que esperábamos. Una paradoja que no por absurda, deja de ser real: por un lado, era claro que si las universidades convocaban plazas de personal no fijo, era porque en algún momento pretendían prescindir de él. Mientras tanto, todos actuamos como cómplices y espectadores de una situación que apuntaba a la precariedad desde hacía años, pero que era admisible porque al menos solucionaba los problemas inmediatos y generaba oportunidades (precarias) para aquellos que accedían a estos puestos.

Ahora han llegado los malos tiempos y nadie se salva. La UPM, que lleva cinco años demorando este drama sin enfrentarse a él y esperando “el milagro final”, se dedica ahora, amenazada por la bancarrota absoluta a recortar a machetazos, sin ton ni son, en aquellos lugares que la legislación laboral lo permite. Nada de husmear entre los departamentos para escudriñar por dónde se escapa la pasta. Nada de pedir cuentas a pseudoinvestigadores vetustos con plaza de catedrático. Nada de afrontar, sinceramente, una reforma estructural seria, atacando la gangrena y recortando en lo verdaderamente prescindible.
No. Nada de pensar, porque en la universidad española, lo único que interesa es que todo siga siempre igual. Hay que mantener los privilegios de unos pocos, sus castas, sus amiguismos, sus procesos de selección poco claros y sus mangoneos;  y si esto tiene que hacerse a costa de unos pocos, o de unos muchos, pues se hace.

Y es que a la hora de la verdad, todos muy corporativistas, todos muy solidarios, pero cuando un profesor asociado hacía el mismo trabajo que un titular por un salario infinitamente menor, aquí nadie se sorprendía, justificando estos desequilibrios mediante la esperanza de que algún día, a base de enchufismos y convocatorias de plazas, cuando menos sospechosas, todos los asociados acabarían entrando en la madre universidad, para vivir su vida de privilegios y alegría a costa de otros pringuis que luego vendrían.
Y así siempre, por los siglos de los siglos y exponencialmente, alimentando universidades que producen una cantidad de profesionales muy por encima de la demanda real de un mercado saturado desde hace más de quince años. Justificando estos desmanes con la esperanza de llegar algún día a ese puesto fijo. Un sistema opaco donde lo importante era meter cabeza, aguantar, y el tiempo traería la recompensa. Todos cómplices. Todos culpables. Todos tontos y todos a la calle. Bueno, todos no.

@Mr_Lombao