martes, 9 de julio de 2013

De Bolonia a la LSP

Hace pocos años (y cuando digo pocos, me refiero a menos de seis), un servidor todavía andaba los pasillos de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, rematando los últimos flecos que aún colgaban en mi expediente y sucedió que, al igual que sucede ahora, una negra sombra se cernía sobre nuestra profesión. Contrariamente a lo que muchos estaréis pensando, no estoy hablando de famoso crack del ladrillo. Estoy hablando, en realidad, del llamado “plan Bolonia”.

Según este modelo, todas las titulaciones universitarias españolas, tendrían que converger hacia un nuevo estándar donde se eliminaban diplomaturas, licenciaturas, ingenierías, arquitecturas y toda la gran variedad de títulos españoles para sustituirlos por las nuevas categorías de grado y máster. Como siempre sucede con todo lo que viene de arriba, casi nadie se tomó un segundo en leer el famoso plan, y lo que se planteaba como una ambiciosa transición en favor de la transversalidad en la universidad y la convergencia universitaria europea, fue entendida como lo que finalmente fue: un cambio de nombre y poco más. No sin antes airear los complejos, miedos y ambiciones de cada título universitario que, unas veces por medrar y otras veces por no perder, escenificaron un curioso teatrillo del que fui espectador privilegiado.

Vaya por delante, que la transversalidad y la posibilidad de saltar de una titulación a otra me parece no sólo una buena idea, sino una necesidad dentro de un sistema universitario hermético como pocos y donde se producen paradojas tan extrañas como que el álgebra de primero sea, aparentemente, distinta entre titulaciones cercanas, lo que dificulta en extremo que un alumno pueda reorientar su vocación o convalidar materias que ya ha cursado en universidades distintas. Soy contrario a este sistema con el que a los 18 años un chaval debe ser lo suficientemente maduro y consecuente como para tomar una decisión que posiblemente le condicionará el resto de su vida, sin posibilidad de cambiar de rumbo en la universidad a no ser que esté dispuesto a volver a empezar prácticamente desde cero.

Esta transversalidad, bien entendida, permitiría la creación de perfiles especializados muy interesantes para el desarrollo de un país, para la mejora de la competitividad y para la creación de empresas especializadas en nuevos campos de la industria y los servicios. No se trata de regalar nada a nadie, ni de igualar titulaciones distintas para “ahorrar” horas de estudio, pero sí existen fórmulas que funcionan como son los cursos puente, o como podría ser un buen sistema de convalidaciones que permita el cambio de rumbo, sin tener que aventurarse a un proceso de meses o años viviendo en la incertidumbre por la decisión de una oscura comisión de convalidaciones. Sin embargo, en España se optó por mantener esa universidad parcial y estanca, donde a un arquitecto y a un ingeniero les separa no sólo una autovía de ocho carriles, sino también 6 años de formación específica imposible de convalidar.
Así cuando un ingeniero de caminos experto en grandes estructuras decida estudiar arquitectura para adquirir los conocimientos que le faltan y acceder a la habilitación profesional del arquitecto, tendrá que enfrentarse a un proceso de convalidación injusto e implacable, donde una coma de más o de menos en un temario, marcará la diferencia entre lo razonable y lo desproporcionado, obligando a estudiar cosas que ya se conocen o que por su cercanía podrían pasarse por alto.

Esta lucha desde las universidades por mantener los privilegios gremiales dentro del nuevo orden de Bolonia terminó bien para todos y aunque los arquitectos vivimos el susto de quedarnos casi en nada, fuimos capaces de pelear in extremis para no quedarnos en graduados en lo que, y a la vista de los acontecimientos recientes, habría sido un gran favor para los colectivos ingenieriles que intentan pescar en las aguas de la arquitectura. Y digo que fuimos capaces, porque yo reivindiqué nuestra categoría de máster como arquitectos, consciente de que defendía mi futuro, pero a la vez ayudaba a la vieja guardia a mantener sus privilegios tal cual, cosa que en realidad, no me hacía (ni me hace) ninguna gracia. Y señalo este punto porque casi siempre que se produce una situación de cambio, de alguna manera los grandes poderosos del sector son capaces de generar una tendencia favorable a sus intereses.

Con Bolonia podríamos habernos sentado con los ingenieros y hablar plácidamente de los puntos en común, de la transversalidad, de la forma de adquirir atribuciones profesionales… pero por aquel entonces, nadie quiso dar de lo suyo para recibir del otro algo. Todos negaron  y dieron la espalda a la posibilidad de cambio para preservar sus privilegios intactos. Tanto arquitectos como ingenieros de toda clase.
Ahora, pocos años después del fin de Bolonia, y tras una crisis que ya parece eterna, vuelven las ganas de cambio al panorama profesional español. Esta vez, aprovechando las “exigencias europeas” que alguno pareció leer en diagonal, intentan crear un buffet libre con café para todos y atribuciones profesionales otorgadas a posteriori, sin mediar estudios ni formación específica más allá de un vago “quien sepa correr que corra” para ponernos como locos a competir en un mundo ultraliberalizado entre arquitectos e ingenieros. Y uno se plantea: ¿por qué no hablamos francamente de formación? ¿por qué no intentamos buscar la manera de adaptarla para que exista ésa famosa transversalidad? ¿por qué no buscamos fórmulas docentes que nos permitan a todos ganar atribuciones y nuevos horizontes profesionales?

Es entonces cuando vuelve a mi memoria el proceso de Bolonia y pienso que no. Que ya quedó claro que todos contentos con el hermetismo y con las no-convalidaciones. Que lo mejor para todos es seguir siendo lo mismo siempre, con mis privilegios y mis limitaciones.
Pues bien. Esto es lo que hay, señores: las casas las hacen los arquitectos.

@Mr_Lombao

viernes, 7 de junio de 2013

La madre del arquitecto

Se ha hablado ya demasiado acerca de los sueños rotos de una generación de jóvenes bien formados. Se ha hablado demasiado de la decepción, del paro y del hastío de intentar avanzar contracorriente en un mundo que parece empecinado en retroceder. Se ha hablado demasiado del drama de la emigración, de esa generación perdida, de esos jóvenes que no tendrán hijos en España y que llevarán los nombres de Pepe y Paco hasta la Conchinchina y más allá para sorpresa de muchos, que aún piensan que la emigración es una broma, una especie de Erasmus 2.0.

Sin embargo, ensimismados como estamos en nosotros mismos y en nuestros problemas, hemos estado olvidando durante demasiado tiempo algo importante. Hemos estado olvidando a nuestras madres. Hemos dejado pasar el drama materno porque al fin y al cabo, es algo secundario. Ellas, ya veteranas, enfilando su jubilación o ya jubiladas son espectadoras de este drama. Son actrices de reparto destinadas a mirar, lamentar y pasar un pellizquín de vez en cuando para que sus hijos puedan seguir viviendo como si no hubiera pasado nada. Porque no nos engañemos: puede que los jóvenes estemos aún digiriendo la situación, pero nuestras madres, en general, están alucinando y disfrazan de falsa experiencia una fría pose que va desde la preocupación hasta la confianza sabiendo siempre, en el fondo de su corazón, que las cosas pintan feas. Muy feas.

Puede que sea mi espíritu de psicólogo frustrado, o puede que sea herencia de los libros de autoayuda que leí para superar primero de carrera, pero cuando pienso en nuestras madres, a menudo encuentro el mismo perfil: se trata de mujeres luchadoras, madres trabajadoras casi siempre, que han sabido inculcar en sus hijos la moral del trabajo y del esfuerzo como vía segura para alcanzar el éxito. Son madres con fortaleza capaces de empujar a sus hijos frente al desencanto, frente a los problemas y frente a la flaqueza de sus retoños, conscientes de que el futuro es sólo para los mejores. Conscientes de que el esfuerzo siempre tiene recompensa y confiadas en el camino que la sociedad brinda a los que sepan sobrellevar la carga y asumir la responsabilidad de pelear por superarse día a día.

Apuesto que ese discurso se ha oído de boca de nuestras madres de una u otra manera. Se trata de un discurso totalmente interiorizado y perfectamente trasladado por la sociedad, a través de nuestras madres, hasta nosotros: receptores finales del mensaje y futuros arquitectos bien avenidos. Se trata de un discurso que por potente y verosímil no pudo ser fingido en modo alguno, ni tampoco interpretado como cantinela motivadora sin más. No pudo ser una patraña. Nuestras madres no pudieron engañarnos así.

Llegados a este punto, lo que pienso es que nosotros, durante nuestra formación y desarrollo recibimos un mensaje equivocado. Un mensaje que nos invitaba a confiar plenamente en el sistema y en la “sociedad del bienestar”, porque los grandes logros ya los habían conseguido otros. Porque la lucha y las batallas ya se habían librado y nosotros estábamos aquí, en última instancia para disfrutar de “ese mundo”. Para vivir despreocupados de todo lo que no fuera trabajar y esforzarse para llegar a ser algo.

Sin embargo, y a la vista de los acontecimientos, ese mensaje no era una realidad. Se trataba más bien de un deseo colectivo alimentado por las ilusiones de una generación (la de nuestros padres) que sentía el progreso en sus propias vidas. Una generación satisfecha con lo que se había alcanzado y confiada en la tendencia alcista del nivel de vida. Una generación que transformó una España humilde y acomplejada en una potencia mundial capaz de chocar las cinco a los americanos en las Azores y pelear por su silla en el G-8.

Por eso me he sentado esta tarde a escribir. Para reconocer el esfuerzo y la buena voluntad de nuestras madres, pero también para decirles que estaban equivocadas. No disfrutaremos de “ese mundo” gratis. No nos regalarán los privilegios que creísteis asegurados. No vendrán señores con corbata a ofrecernos 45.000 euros al año, ni nos contratará la vecina para que construyamos su casa. O al menos no de momento.

Tendremos que usar vuestros consejos para llegar más lejos y ser más valientes. Para plantar cara a la injusticia y pelear por nuestros derechos ante quien intente arrebatárnoslos. Tendremos que emplear esa fuerza y esa constancia que nos inculcasteis para mancharnos las manos en el barro y conseguir salir adelante con todas nuestras ganas. Pero no será un regalo. No estará el futuro esperándonos para regalarnos caramelitos. Habrá que pelearlo. Y eso es algo con lo que vosotras no contabais.

@Mr_Lombao

lunes, 13 de mayo de 2013

Somos obreros

Comienzo con esta verdad como un puño, porque es necesario que la repitamos una y mil veces para que salgamos de una vez por todas de esa burbuja de clase. Nunca fuimos mayoritariamente clase media (ese fue uno de los engaños), y un título universitario no es ninguna garantía de ascenso social a clase media-alta.
Basta con leer unas líneas de Marx para darse cuenta de eso: proletario es aquel que carece de propiedades y medios de producción, por lo que, para subsistir, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo. El proletario no determina las condiciones ni los ritmos de su trabajo, no dispone de rentas, el proletario vende su tiempo y su fuerza de trabajo (traduciendo: obedece a su jefe para pagar el alquiler o la hipoteca y sus gastos).
Que las condiciones laborales de los trabajadores hayan sido razonablemente buenas en los últimos años, no implica ningún ascenso de clase. Han usado esas mejoras de las condiciones laborales de los trabajadores para proletarizar a mayor número de personas. En nuestro país nos hemos cargado el pequeño comercio, las pequeñas y medianas explotaciones agrícolas y ganaderas, el artesanato… Y así, prácticamente todos, pasamos a tener un jefe, a cambio de una televisión plana y una hipoteca.

Los profesionales, que antaño sí fueron clase media (en parte porque quien estudiaba tenía rentas, en parte porque sus servicios profesionales se vendían caros al ser muy pocos), en nuestra generación se han proletarizado o, para ser más crudos, se han sub proletarizado.
En los últimos cinco años un arquitecto/ingeniero/técnico joven tenía y tiene peores condiciones laborales que cualquier obrero de fábrica contratado bajo convenio. Es más, el arquitecto/ingeniero/técnico joven ni siquiera tiene conciencia de clase y, por lo tanto, es un sujeto político más débil que el obrero de fábrica.

La crisis nos está poniendo en nuestro lugar: el lugar del vulnerable, el lugar del explotado, el lugar del que no posee las riendas de su vida. Desempleo, emigración, desahucios. Y sin embargo, y he aquí el auténtico milagro español, aún no ha habido un despertar de conciencia de clase.
Seguimos esperando año tras año, en sus predicciones económicas, la aparición de los ansiados brotes verdes que nos sitúen de nuevo en el próspero lugar en el que estábamos. Seguimos creyendo que somos clase media atravesando un mal bache porque nuestro televisor sigue ahí. Seguimos creyendo en la “realización vital” mediante un trabajo asalariado. En el esfuérzate y verás recompensa. Seguimos creyendo que nuestra precarización laboral como profesionales responde sólo a los primeros años de vida profesional y a las circunstancias de la crisis económica, y que esto pasará, que llegará de nuevo la “normalidad” y con ella, la posición social y económica que merecemos…

…pero no. La realidad, compañeros arquitectos precarizados, es ésta: somos obreros.

R.P.Mansilla

lunes, 29 de abril de 2013

El apasionante mundo de la arquitec(ouch!) edificación [#LSP dreams]

Una de las primeras sensaciones que un arquitecto tiene cuando encara su primer encargo profesional, es la de que lo único que el cliente valora de su trabajo es una firma. Un bonito estampado acompañado de un sello que le abre las puertas para hacer lo que realmente quiere: lo que le dé la gana; y donde tu papel pasa por ser ese peñazo aguafiestas que está ahí sólo para decir lo que no se puede hacer, siempre citando normativas absurdas y leyes poco claras.
Otra de las realidades que -hablando con otros compañeros- suele mostrarse en estos primeros encargos, es la del oportunista: personas que se acercan a ti en tu papel de novato, buscando obtener honorarios ridículos, legalizaciones ilegales, y otros encargos imposibles a precios de risa.

También es muy común encontrarte con clientes que no tienen ni idea de en qué consiste tu trabajo, y te confunden frecuentemente con otros profesionales del sector, con un miembro de una constructora, con un representante de la autoridad municipal y hasta con un comercial de telefonía, evidenciando que el papel del arquitecto en la sociedad es cada día más confuso y compite, con demasiada frecuencia, con otros profesionales de procedencia diversa.
Además, los que hemos pasado por la jungla madrileña, conocemos muy bien a esas empresas voraces que se apoderan de encargos a precios ridículos, reduciendo sus márgenes de beneficio al mínimo y sosteniendo su actividad gracias a un flujo continuo de encargos conseguidos a través de un ejército de comerciales más que agresivos, compinchados con administradores adictos a cobrarse piquitos a su costa y aportando siempre lo mínimo de lo mínimo en sus trabajos. Lo justo para pasar el trámite y cobrar.

Todo esto al margen de los cientos de miles de casos donde el cliente, directamente hace de su capa un sayo y ejecuta una reforma sin licencia, amplía una planta a su chalet sin proyecto alguno, o directamente edifica en terreno no urbanizable ante la atenta mirada de las autoridades municipales, que verbalmente y sin mucho disimulo, le han dicho que haga lo que le dé la gana, pero que por favor, recuerde votarles en las próximas elecciones.

Otra cosa muy divertida, son "esos extras" con los que los arquitectos cargamos a la hora de ejercer nuestra profesión. Hablo de cosas mucho menos divertidas que presentarse a concursos internacionales con dudosa finalidad social, ejecución aún más dudosa y nombre de pan europeo. Se trata de esos seguros con cláusulas ininteligibles, cuotas fijas, cuotas variables, primas, cuñados y abuelas. Esas colegiaciones que sientes en tu espalda cual acero toledano desgarrando tus entrañas, y esas cuotas de la seguridad social (o en su caso de la hermandad siniestra) que colaboran con entusiasmo en tu desangrado en estos tiempos de crisis. Todo ello aderezado con esa hermosa palabra llamada "responsabilidad" a la que si le añadimos el término "civil", nos transforma de inmediato en imbéciles autocanibalizadores de nosotros mismos, cuando cobramos proyectos de ejecución de chalé a 3000€ IVA incluido (verídico a tope).

Y es que, amigos, ser arquitecto ya no es lo que era. Bueno… o lo que nos contaron que era. Ya casi no se ven arquitectos con pipa, ni se sublima su palabra como máxima ley. Ya no se dibuja con tiralíneas, ni rascamos con cuchillas, ni contratamos delineantes, ni usamos papel de copia para envolver la carne. Ser arquitecto ya no mola tanto. Y sobre todo, en un mercado roto, hundido y sin encargos, cobramos poco. Bastante poco.

Por eso, llegados a este punto, te preguntas: ¿de verdad habrá algún ingeniero que esté dispuesto a pelear en esta guerra?, ¿de verdad habrá alguien dispuesto a mancharse en el barro por tres pesetas?, ¿de verdad, una persona en su sano juicio estaría dispuesta a pasar por lo que estamos pasando ahora mismo los arquitectos, para entrar a competir en un mercado donde no sólo estarán en inferioridad a nivel de formación, sino también de honorarios?

Es entonces cuando uno se rasca la cabeza y piensa que no. Que las cosas no se van a quedar así. Que el campo de batalla está lleno de muertos y es pestilente. Que después de la LSP, vendrán más cosas que tendrán que ayudar a algunos a entrar en esta batalla sin tantas trabas, sin tantas cuotas, sin tantos seguros y sin tanto lío. El futuro puede ser maravilloso si se prepara bien el terreno. Después de la tormenta, llegará la calma y esos 50.000 arquitectos trabajando desde sus estudios son un estorbo muy grande. Fragmentan el mercado y se hacen competencia unos a otros...

Algo más habrá que tocar, Mariano. Algo más.

@Mr_Lombao


miércoles, 20 de marzo de 2013

Contribuciones y derramas

Todos sabemos que hay crisis. Desde este blog vemos como nuestros mejores amigos emigran para buscar trabajo allende los Pirineos y el Atlántico, y sabemos que buena parte de la culpa la tiene este país avaricioso que pensó que construyendo un millón de viviendas al año se podría vivir indefinidamente a base de las compraventas consecutivas y sus beneficios apoyados en la tendencia (siempre) alcista de su precio.

Eso se fue al garete por razones que no vienen al caso y aquí estamos, en el Españistán postladrillero.

Rodeados de edificios semivacíos pero empapelados con certificados, garantías, seguros decenales, libros del edificio, inscripciones del registro, facturas de tasas y de honorarios. Los últimos, hasta con certificados de eficiencia energética.
Estas tartas tan bien decoradas se guardarán en la nevera registral y pasarán los años. Uno, tres, diez,... y treinta. Si no les pasa nunca nada, llegarán las revisiones y cada diez años el patólogo edificatorio con la titulación-que-prescriba-la-normativa-vigente se dará un paseo por la acera, el portal, la escalera, el sótano, el camarín del ascensor por dentro y los pisos que le dejen visitar y opinará doctamente sobre su estado y los dientes que les falten, hasta que sobrevenga la ruina en el año 3000.

O no.

Porque el Gobierno, en su ansia por reinflar la burbuja ladrillera y salvar el culo de los agentes edificatorios vampíricos en preconcurso de acreedores que quedan, ha creído conveniente extender el deber de conservar más allá de lo que Alonso Martínez pudo imaginar en su más alocada y opiácea reunión de desarrollo del Código Civil.
Nuestro querido Gobierno pretende aprobar una ley que, transformando la ITE en un Informe de Evaluación de Edificios, cuya redacción está prevista por técnicos y por unas inquietantes entidades, obligue a reformar los bloques de edificios existentes para adaptarlos a la legislación vigente en materia de accesibilidad, mediante actuaciones razonables que deberán sufragar los propietarios... y los arrendatarios de los inmuebles.
La Ley, indulgente y magnánima, limita este extraño deber de conservar a que el coste de las obras sea superior a la mitad del coste de reposición (abriendo la puerta al derribo del inmueble) o a que los propietarios no puedan pagar la reforma sin especificar cantidades en este caso, no vaya a ser que llaneando el umbral del portal nos crucemos con el de la pobreza.
Ni qué decir tiene que en la definición de infravivienda entran de canto todos los cascos históricos, los primeros ensanches y los barrios obreros levantados por la Administración por la vía del incumplimiento de las condiciones de seguridad y habitabilidad exigibles a la edificación. Lo que implica, de facto, aplicar retroactivamente el CTE, acto negado en la exposición de motivos, no previsto en el propio CTE y, como todo lo retroactivo que perjudica al ciudadano, repetidamente declarado inconstitucional (pero muy rentable mientras dura la fiesta).

La Ley permite a los ayuntamientos declarar sectores como áreas susceptibles de Regeneración Urbana, para obligar a los propietarios a reformar sus bloques de golpe con la contrata que salga de un concurso público -imparcial, por supuesto- después de redactar a su cargo el instrumento de ordenación y gestión urbanística que en su caso fuese preciso. El precio de la reforma deberá sufragarse por las comunidades de propietarios, aunque el ayuntamiento podrá aumentar la edificabilidad del sector para entregársela a la promotora como pago sin que medie la entrega de plusvalías, con la excusa de que se van a generar muy pocas.

El anteproyecto de ley puede consultarse aquí.

No está de más recordar que el Gobierno de España no puede legislar sobre materia urbanística. Es competencia exclusiva de las Comunidades Autónomas. Puede ser que los chicos de Rajoy tengan ganas de revivir el cabaret urbanístico de 1997 o de provocárselo al que gobierne en 2017, en plan conmemorativo.
Pero lo que clama al cielo es que en un contexto de empobrecimiento generalizado de la población se pretenda obligar a la gente que posee viviendas que en su día fueron de renta limitada, y que ya no tienen deudas con nadie, a meterse en unas obras por las que seguramente deban endeudarse y que sólo interesan a ellos mismos. ¡Claro que les preocupa que su bloque no tenga ascensor! ¡Y que la casa pierda calor por todos los lados y se lo cobre la eléctrica a precio de oro todos los meses! Y si pueden, hacen las obras para arreglarlo. De hecho, muchos ayuntamientos vienen declarando desde hace años Áreas de Rehabilitación Integral, o aprobando Planes Especiales de Reforma Interior para mejorar los edificios con cargo a sus fondos, pero siempre desde un plano opcional y consensuado y teniendo muy en cuenta que no se le puede exigir a los propietarios unas condiciones no de conservación sino de tipología edificatoria salvo en caso de rehabilitación integral o ampliación, y únicamente hasta donde sea posible cumplirlas.

Sin embargo, esta Ley se puede convertir en el instrumento ideal para la declaración de ruina anticipada, el desalojo y el derribo de barrios enteros, con el correspondiente coste social (que a nadie importa), y la sustitución de los inmuebles por otros de igual renta, o si la cosa se ve interesante, por otros de renta superior. Y la gente que se fue, o paga un diferencial, o se queda a vivir en el piso de realojo situado en la cochinchina que le han dado, junto con una medalla por sus cincuenta años de fidelidad al Régimen de Propiedad Horizontal y a su Contribución Urbana.
Y puede que nuestros amigos exiliados vuelvan al calor del solar patrio, a cobrar los jugosos honorarios que se derivarán de estas intervenciones paternalistas y muy justificadas, y que resuciten Martinsa-Fadesa y Reyal Urbis y que Florentino Pérez construya cuatro torres más en Eurovegas, coronando los Juegos Olimpiquísimos de Madrid 2020. Puede incluso que tenga que huir de mi casa para evitar que una derrama gigantuosa me obligue a hipotecarme para vivir de alquiler. Pero cuando el país se harte del todo y liquide las injusticias sociales como Dios le dé a entender, no me dará ninguna pena lo que suceda.

Laruedaalada.

jueves, 7 de marzo de 2013

Pregúntale a Alfredo

Todo arquitecto que haya pasado por la ETSAM conoce a Alfredo. Puede que no recuerde su nombre o puede que nunca lo haya sabido, pero si le habláramos de un señor calvo y robusto que camina con un andar pesado y decidido por los pasillos de la escuela, seguramente sabría de quién se está hablando. Alfredo es una institución dentro de la escuela. Desde el alumno más novato al profesor más veterano saben que para conseguir cualquier cosa deben recurrir a él. Oficialmente pertenece a la unidad de coordinación de servicios y sus años de trabajo le han sembrado el forro polar de galones, por lo que cuando se pregunta a quién recurrir para organizar cualquier tinglado, la respuesta siempre es la misma: “pregúntale a Alfredo”

Mi relación con Alfredo nace de un modo casual en los pasillos de la ETSAM. Como para otros tantos, mis años de estudiante fueron largos y mi habilidad para perder el tiempo en la escuela fue reconocida por Alfredo, que con el correr de los años empezó a devolverme el saludo e incluso a entablar conversaciones esporádicamente acerca de temas de candente actualidad etsámica. Dado que Alfredo estaba ahí mucho antes que cualquier estudiante, sus opiniones siempre merecieron el mayor de mis respetos, pues había vivido varias veces situaciones similares. Me refiero a cambios en el plan de estudios, rencillas en los departamentos, protestas estudiantiles, huelgas y reivindicaciones diversas.

Por eso, cuando el martes pasado conseguí aparcar en la Avenida Juan de Herrera y vi a Alfredo oteando entre los coches, esperando a alguien, no pude evitar preguntarle por la difícil situación que vive la escuela. Para aquellos que no lo sepan, la UPM, asfixiada por la falta de financiación, pretende  la amortización de 301 plazas de personal funcionario y laboral de administración y servicios, además de importantísimas rebajas salariales, como la que afectará a los profesores asociados.
La respuesta de Alfredo fue rápida y clara. Su semblante, normalmente optimista y campechano, era esta vez preocupado y triste. “Se veía venir” dijo, para añadir después: “pero no tan rápido”.

Más claro agua. Si me permito el lujo de comentar esta opinión públicamente, es porque me parece que refleja perfectamente la estupefacción que vivimos. La sorpresa ante situaciones que esperábamos. Una paradoja que no por absurda, deja de ser real: por un lado, era claro que si las universidades convocaban plazas de personal no fijo, era porque en algún momento pretendían prescindir de él. Mientras tanto, todos actuamos como cómplices y espectadores de una situación que apuntaba a la precariedad desde hacía años, pero que era admisible porque al menos solucionaba los problemas inmediatos y generaba oportunidades (precarias) para aquellos que accedían a estos puestos.

Ahora han llegado los malos tiempos y nadie se salva. La UPM, que lleva cinco años demorando este drama sin enfrentarse a él y esperando “el milagro final”, se dedica ahora, amenazada por la bancarrota absoluta a recortar a machetazos, sin ton ni son, en aquellos lugares que la legislación laboral lo permite. Nada de husmear entre los departamentos para escudriñar por dónde se escapa la pasta. Nada de pedir cuentas a pseudoinvestigadores vetustos con plaza de catedrático. Nada de afrontar, sinceramente, una reforma estructural seria, atacando la gangrena y recortando en lo verdaderamente prescindible.
No. Nada de pensar, porque en la universidad española, lo único que interesa es que todo siga siempre igual. Hay que mantener los privilegios de unos pocos, sus castas, sus amiguismos, sus procesos de selección poco claros y sus mangoneos;  y si esto tiene que hacerse a costa de unos pocos, o de unos muchos, pues se hace.

Y es que a la hora de la verdad, todos muy corporativistas, todos muy solidarios, pero cuando un profesor asociado hacía el mismo trabajo que un titular por un salario infinitamente menor, aquí nadie se sorprendía, justificando estos desequilibrios mediante la esperanza de que algún día, a base de enchufismos y convocatorias de plazas, cuando menos sospechosas, todos los asociados acabarían entrando en la madre universidad, para vivir su vida de privilegios y alegría a costa de otros pringuis que luego vendrían.
Y así siempre, por los siglos de los siglos y exponencialmente, alimentando universidades que producen una cantidad de profesionales muy por encima de la demanda real de un mercado saturado desde hace más de quince años. Justificando estos desmanes con la esperanza de llegar algún día a ese puesto fijo. Un sistema opaco donde lo importante era meter cabeza, aguantar, y el tiempo traería la recompensa. Todos cómplices. Todos culpables. Todos tontos y todos a la calle. Bueno, todos no.

@Mr_Lombao

miércoles, 20 de febrero de 2013

Las aventuras de Pequeño Angui en Brasil #1

Primero que nada quería pedir disculpas a tod@s por no haberme podido despedir de la mejor manera posible. Cierto es que la organización de un viaje tan largo supone estar pendiente de mil cosas y a mi por desgracia se me complicó un poco más de la cuenta. Cosas que pasan pero nada que no tenga solución y por eso me disculpo si no me despedí en condiciones, pues es algo que sin duda me hubiera gustado hacer ya que realmente no se cuando volveré a ver a much@s de ustedes. Ojalá sea dentro de "mucho" tiempo. Eso sería señal de que todo me va muy bien.

En fin, los motivos por los que salí, o mejor dicho, emigré de España son sobradamente conocidos. Como leí hace algunas semanas en un artículo de un blog de un joven arquitecto como yo: "mi historia no es ni novedosa ni excepcional" simplemente soy uno de l@s miles de jóvenes formados  -académicamente hablando- que por desgracia no tenemos la oportunidad de desarrollar nuestros conocimientos allá en el lugar donde los adquirimos y nos vemos obligados a buscar alternativas. Tengo espíritu aventurero, como dijo la ignorante de la secretaria de Estado de Inmigración, sí, lo tengo desde el día que nací, por eso he estudiado en Madrid, en Chile, NY, viajado por Latinoamérica y parte de Europa.  Pero les puedo asegurar que ese no es el motivo por el que ahora con 29 años me veo obligado a buscarme la vida en otro país. El motivo es que la clase política ha conseguido que España sea el hazmerreír de gran parte de los países de este planeta llamado La Tierra, y como consecuencia de esto -nosotros "españoles"- unos ciudadanos de segunda que nos vemos obligados a mendigar un trabajo con nuestro título universitario bajo el brazo allá donde vamos. Han cambiado las formas, pero no el fondo de aquello que vivieron nuestros antepasados canarios en el primer cuarto del siglo XX (algo muy familiar para todo aquel que como yo sea de esas maravillosas islas que siempre llevará por bandera allí donde esté). Emigro para hacer de mi vida algo mejor, o al menos, intentarlo.

Bueno, escrita esta pseudocrítica político-social les cuento un poco como ha sido mi primera semana "Paulista". Llegué a Sao Paulo después de un viaje casi interminable. Partí de Gran Canaria rumbo Madrid. Para un día después volar tres horas rumbo a Frankfurt (Alemania y cuidad de la salchicha) y de ahí otras doce horas rumbo Sao Paulo. Como dije ahora mismo, nos consideran ciudadanos de segunda y prueba de ello es que en Alemania cuando se percataron de que en mi pasaporte ponía "ESPAÑA" me pidieron si tenía carta de invitación de ciudadan@ brasileñ@ o reserva de hotel por el periodo de estancia que me iba a quedar en el país. Por suerte, otra cosa no tendré, pero amig@s en este mundo much@s, y ya venía con mi carta de invitación firmada ante notario que me había enviado una amiga brasileña que se ofreció a hospedarme en su casa el tiempo que fuera necesario. Y este es el lugar desde donde ahora mismo les escribo. De no haberla tenido, mi aventura se hubiera terminado ahí.

Una vez pasé el control de pasaporte ya en Sao Paulo, salí del aeropuerto y me estaba esperando mi gran amigo mexicano Efrén, a quien conocí en mi año de estudios en Chile y con quien viví mil y una anécdota. Junto a él y su mujer Julia, una chica brasileña que no conocía pero que desde el primer día me ha tratado con mucho aprecio y cariño. Nada más salir del aeropuerto te das cuenta del contraste, de que eso no es a lo que estamos acostumbrados. Primero que nada la bofetada de la humedad es tremenda. Y ya según iba con el coche rumbo a su casa (los primeros 5 días me quedé con esta pareja) miras a los lados y piensas..."agüita donde me estoy metiendo". Así es señores, Sao Paulo es increíble. No es una ciudad bonita, cierto, pero no es lo que buscaba y realmente es lo que menos me importa. Venía dispuesto a encontrarme una gran metrópolis caótica y es lo que estoy descubriendo.

Independientemente de que sea bonita o fea, que es algo subjetivo que siempre nos tratan de inculcar al menos a los arquitectos, sí que es una ciudad alegre, llena de identidad. Donde lo mismo ves un chalet de lujo, que una chabola o un rascacielos y todo apenas en una cuadra (manzana). Del mismo modo, puedes cruzarte con un Porsche que con una carraca que difícilmente anda, o con un mendigo que malvive en la acera que con una emperifollado que va luciendo iPhone 5 mientras camina. Esto es Sao Paulo y esto es lo que yo quería. Ni que decir tiene lo buena que es la comida, ya sea japonesa (en esta ciudad está la colonia de japoneses más grande del mundo después de Japón) italiana o la propiamente brasileña. Tema a parte son los brasileños, sin duda las personas más acogedoras y hospitalarias que creo, me he cruzado en mi vida. Todo el mundo está dispuesto a recibirte en su casa, darte de comer, trata de conocerte y ayudarte en lo que pueda.

Esta semana ya hice mi primer trabajillo para los padres de Julia, ellos tienen una empresa de organización de eventos internacionales a gran escala y necesitaban hacer unos planos en autocad. Me preguntaron si yo sabía utilizarlo y si lo tenía instalado en mi ordenador y claro...si un arquitecto como yo responde que no a eso, apaga la luz y vámonos. Evidentemente les dije que sí y me pasé el jueves y viernes pasado currando todo el día en su oficina trazando líneas. Creo que mañana y pasado aún seguiré con lo mismo. No es el trabajo soñado, pero ya es un modo de ir metiendo "la patita" y si quedan satisfechos con el resultado todo se andará. La madre de Julia tiene muchos contactos y me comentó que quizás la próxima semana me concrete una cita con unos de los mejores arquitectos del país. No hay que hacerse ilusiones pero dicho está.

Otras anécdotas que contar de la ciudad o el país pueden ser algunas conocidas por tod@s. Que aquí el carnaval es otro "nivel"... doy fe. Que las gentes y sobre todo las chicas practican mucho deporte... doy fe. Que el fútbol es una religión...  doy más que fe. Respecto a este tema, hay que decir que hay que tener cuidado, pues todo el mundo lo primero que hace es preguntarte de que equipo eres, y según la respuesta verás si en la cara de quien formula la pregunta se dibuja una sonrisa o un gesto de enfado. En Sao Paulo los tres equipos principales son: Sao Paulo (clase alta), Corinthians (clase obrera) y Palmeiras (emigrantes italianos). Lo mejor de momento es abstenerse, pero creo que voy a ver en breve un partido del Corinthians y acabaré por decantarme por ellos. Cuando viva la experiencia ya les contaré. Y ya por último, que las mujeres son muy guapas... doy requetefe. Evidentemente siempre llevaré en mi corazón a mis canarias que nada tienen que envidiar a las féminas de esta ciudad. Pero claro, vivir anécdotas como esta que ahora cuento da muchos puntos. Ir a entrenar un día al gimnasio con mi amigo Efrén, que en la tv del gimnasio estén retransmitiendo el Real Madrid vs. Manchester United y que a tu lado esté "musculando" una brasileña que quita el hipo... pues claro, hace que uno sude más de la cuenta y los ojos se desvíen hacia donde no deben. 
Por much@s es sabido que el conseguir visado para quedarme en Brasil es casi una utopía, pues Brasil ahora mismo no tiene casi relación con España y nos es muy difícil obtener la visa. Así que ya les adelanto, que si una mujer de estas está dispuesta a casarse conmigo, vayan fletando un vuelo charter que hay boda a la vista.

Por último otra anécdota interesante, es el clima de la ciudad. Lo mismo llueve que parece que se va a acabar el mundo, que hace un sol de justicia. El miércoles si no recuerdo mal, vivimos unas inundaciones que ni  las personas de por aquí recuerdan. Los coches flotaban por las calles y se transformó todo en un caos.

En fin mi gente, no quería extenderme tanto pero es lo que tiene haber estado una semana sin escribir. Aparte de eso he conocido a mucha gente interesante y he vivido anécdotas divertidas pero no es plan de liarles más. Se que much@s me piden que saque fotos y es algo que me encantaría pues hay cosas más que d sobra para fotografiar. Pero es algo que aquí se antoja complicado, pues ir con una cámara reflex por la calle o mostrando un móvil de última generación es una "gringada" como dicen aquí y puedes ser carne de cañón para que te asalten casi con total seguridad. Es por esto que solo les adjunto 2 foto similares del skyline de la ciudad que he podido sacar. Una en un edificio donde celebramos un asadero y otra desde donde les escribo ahora mismo y la que será mi casa por un tiempo.

Adjuntados estos archivos y más feliz que Ricardito y a la espera de terminar este trabajo que les comenté, para luego ir pateándome -puerta por puerta- los estudios de arquitectura de la ciudad diciendo lo "simpático y buen arquitecto que soy" para ver si me dan una oportunidad de trabajo se despide de todos ustedes...

Pequeño Angui


PD. Puede que el objetivo principal de este viaje que no sea otro que conseguir trabajo y no lo consiga, pero por intentarlo que no quede. Hay quien se lamenta por tener que salir de España, yo por contra tengo que considerarme un privilegiado por poder hacerlo y seguir teniendo la oportunidad de conocer lugares y gente maravillosa que, de lo contrario, jamás podría conocer. Esto no se compra con dinero, esto no tiene precio. Solo se vive una vez y cada uno vive a su manera con el objetivo de algún día poder decir: "yo fui feliz y disfrute de mi vida".

Besos y abrazos